EL Regreso

Psychologue Clinicienne / Psychotérapeute à Estavar

EL Regreso

Me veo en un bosque exuberante donde viven ardillas y todo tipo de animales que juegan con mis perritos. No muy lejos está un lago con un barco y una casa incluida que tiene un techo transparente donde puedo dormirme mientras la lluvia resuena y las estrellas esperan para salir. De repente tengo claro el lenguaje de la naturaleza y sus seres vivos y me convierto en una parte integral de ella. Mi corazón late al mismo ritmo y siento los recuerdos latentes que esconde, también los espíritus ocultos que siguen existiendo. Me siento acompañada y no tengo miedo de entrar en las zonas más enigmáticas al mismo tiempo que la oscuridad gana espacio a la luz. Siento que una vez que haya cruzado este lugar encontraré el mío y que será como ya lo había intuido. De repente entra una ráfaga de luz proveniente de una inmensa luna llena que lo ilumina todo y todo el pensamiento pasa a tomar forma. Empiezo a viajar allí donde el deseo me lleva, cruzo mares y montañas, disfrutando de la alegría de vivir las mejores sensaciones y emociones que mi alma nunca ha sentido y preparada para ver las almas que me han estado esperando durante tanto tiempo.

Anónimo

¿A qué responde el deseo de entrar en un estado de plenitud? Un estado de ánimo donde el deseo se extingue inmediatamente que toma forma, un estado donde la mente viaja más rápido que la luz misma allí donde quiera ir. Un lugar donde la ilusión no tiene sentido porque nada puede ser más real que este estado.

¿Responde a un estado ancestral que recuerda la vida dentro de la madre cuando nos estaba gestando? ¿Responde a la creencia de los creyentes de cómo debe ser el paraíso? ¿O es porque en realidad somos seres de una naturaleza innata a la trascendencia, pero obligados a vivir permanentemente en la perpetua decepción que supone desear una felicidad que nunca se convierte ni siquiera en la sombra de lo que nuestra verdadera naturaleza puede darnos?

¿De ahí el deseo de entrar en un estado con la ausencia de cualquier deseo?, cansados ya de buscar lo que solo pertenece al mundo de las ilusiones porque siempre lo ficticio no nos lleva a ninguna parte?

El gran descubrimiento es que este estado de nirvana, aunque no tan poderosamente, se nos acerca cuando somos capaces de escuchar el viento, o cuando el sol nos quita el frío y sentimos su intensa energía curativa, o cuando olemos el perfume de una flor que despierta el reconocimiento de la pureza, o cuando el amor nos hace temblar de la cabeza a los pies y nuestra alma sintiendo al mismo tiempo gratitud y reconocimiento solo por el hecho de poder disfrutarlo…

Pero para llegar a esta etapa hay que entender cuál es el mensaje que esconde el sufrimiento de cada uno. Todos los seres humanos tenemos este potencial en nosotros, pero hemos creado un falso mundo que nos dice que la felicidad es «ser alguien», «tener más dinero o más poder que otros», “tener más títulos que demuestren que sabemos más de lo que sea y favorecer que los mejores diplomas sean para aquellos que han tenido el tiempo y el dinero para hacerlo», «creernos que somos más dignos que los que no tienen nada», «que tenemos derecho a silenciar al otro para conseguir lo que queremos»… Creencias que se asientan en nuestro pensamiento y que nos hablan de una identidad que no tiene nada que ver con lo que somos ni para lo que estamos destinados. Creer en definitiva que valores que como la competitividad y el menosprecio a los demás diferentes no son necesarios para avanzar, pues los valores válidos deberían ser el amor fraternal y la solidaridad para con todos.

¡Cuanto sufrimiento nos llega a través de la angustia, la crueldad y la violencia de todo tipo! Todo lo que nos lleva hacia un sufrimiento más fuerte del que se puede resistir es producto del egoísmo y el orgullo cuando no respetamos al otro o cuando permitimos que por miedo o baja autoestima alguien se atreva a maltratar nuestro ser. Nadie es superior nadie. Nadie debería tener más derechos que nadie. La educación al servicio del capitalismo niega los verdaderos valores de la vida desde su base.

Lo que debería transmitirse desde una edad temprana es que cuanto más seamos más bien lo pasamos, que no podremos convertirnos en buenas personas si permitimos que un niño sea excluido del juego. Que nunca debes envidiar nada del otro porque todo el mundo tiene suficiente para disfrutar de la vida y ser feliz. Porque si alguien no tiene o carece de lo que sea, juntos llenaremos este vacío porque solo el hecho de hacer felices a los demás debería hacernos felices.

¡¡Pero cuán lejos estamos de esto!!, cómo nos somete el estado y el sistema al punto de no ser capaces de transmitir los verdaderos valores humanos! Los maestros tampoco lo tienen fácil. La escuela es la primera institución responsable de transferir los valores del sistema económico político y social prevaleciente. Para sobrevivir en una sociedad no basada en la verdadera defensa de los derechos humanos fundamentales, con demasiada frecuencia dejamos pasar la oportunidad de hacer o decir lo que sería necesario hacer y decir para cambiar estos falsos valores. El mundo se convierte en una selva donde el más fuerte y el más duro es el que saca la mejor parte y si te enfrentas a él, a menudo eres marginado o despreciado porque te conviertes en espejo de tanta y tanta porquería, espejo de una hipocresía y un teatro donde todo el mundo tiene que bailar bajo la música de aquellos que han logrado mantenerse bien socialmente. Así es como uno se somete, para sobrevivir o llevar pan a la familia, a los falsos valores y nos convertimos en cooperadores de este montaje. Esto nos hace infelices porque en el fondo sabemos que no hemos hecho todo lo posible para poder sanear este sistema enfermo.

Afortunadamente a menudo en algún momento difícil aparece alguien que te da la mano cuando más lo necesitas, personas que se encuentran porque no se identifican ni quieren colaborar con este falso mundo, que se conmueven por el sufrimiento de tantos seres que huyen de vidas miserables y que tratan de solidarizarse con algún gesto o asociación sin afán de lucro. Son personas que se dan cuenta de que no todo el mundo lo ha tenido tan fácil i que no todo el mundo ha tenido el amor que de la familia debería haber llegado, la principal fuerza para ser capaz de ser resistente y resiliente. (La resiliencia como tan bien la define al famoso neuropsicólogo Boris Cyrulnic «El arte de navegar entre torrentes»).

Justo cuando uno deviene consciente de todo esto, cuando más gente muestra que este sistema hace aguas por todas partes, porque ningún estado ni nadie está lo suficientemente decidido como para detener seriamente el cambio climático y la inmigración imparable de los más indefensos, aparece una pandemia global de la COVID 19. Un virus que nos cierra en casa y nos deja pocas posibilidades de luchar, porque se lleva por delante la mayor de nuestras virtudes, como la del poder de disfrutar de la vida sin miedo a enfermarnos, perder el trabajo o morir repentinamente.

Millones de personas se ven obligadas a aislarse. Millones de personas mueren hundidas por la mayor soledad. El humanismo, la ternura, el amor, la amistad, la solidaridad, la compasión pierden su complicidad implícita bajo la amenaza de contagio hacia nosotros y hacia los demás.

Si la insolidaridad ya nos hizo infelices ahora se une la soledad. El miedo nos bloquea y perdemos la esperanza de poder vivir en un mundo mejor. La economía se deteriora debido a la disfunción implícita del sistema prevaleciente y todo el mundo puede ser víctima de ser capaz de perderlo todo y todo acompañado de la incertidumbre más terrible.

La pandemia global de la COVID 19 viene acompañada de depresión, angustia incertidumbre, desesperación, insomnio, terror, soledad, desamor, enfermedad y muerte. La posibilidad de que yo pueda desaparecer sin que nadie me recuerde porque pueda morir en la más que desoladora soledad es devastadora. Tal vez tenga un golpe de suerte y alguien llegue vestido extrañamente y me susurre unas tiernas palabras. Morir solo olvidado del mundo y de todos, como tantas personas que se embarcan en un viaje donde cada día que pasa la posibilidad de ahogarse en el mar es cada vez más grande.

¿No nos advirtieron que cada cien años podría venir una epidemia? ¿No teníamos tiempo y recursos para habernos preparado? ¿No tenemos otras soluciones para poder satisfacer la necesidad a través de una mejor distribución de la riqueza? ¿No hay políticos de corazón que denuncien abusos en compra de armamento de todo tipo para defenderse unos contra otros? Y aquí llegamos al centro de la cuestión.

Defendernos del otro, esta falsa creencia del enemigo extranjero cultivada por los estados significa que nos volvemos incapaces de cambiar el sistema capitalista por otro de más justo. Antes ejército, armas y muerte que la vida. Tenemos que creer que es posible vivir en un mundo donde no tengamos por qué tener miedo del otro porque este otro no tiene que competir ni conmigo ni con nadie nada que ya no tenga, poder vivir como esas comunidades de antaño donde todos tenían un papel con el que identificarse, donde todo estaba compartido y todo era amado.

Perseguimos un mundo mejor porque sabemos que podemos disfrutar de la vida infinitamente mejor de lo que lo hacemos, porque en cuerpo y alma lo que más deseamos es amor en toda su plenitud, porque en el fondo cada vez que renunciamos a nuestros derechos más fundamentales sabemos que no nos respetamos como deberíamos hacerlo.

Cuando en lugar de avanzar retrocedemos, el deseo de rebelarse renace de lo más profundo. Si nos preguntamos cuál es el sentido etimológico de la revolución “revolvere” vemos que significa volver, es decir, volver al sentido que nos lleva a la fuente, removerlo todo para volver a este mundo al que pertenecemos y que cada vez que nos alejamos de él nos hace sentir infelices. Contrariamente al mensaje de que si nada no tienes nada eres, digamos que no renunciaremos ni a la dignidad ni al reconocimiento de lo que realmente somos. Cada ser tiene al nacer una semilla que si sabemos cómo cuidarla y amarla se convertirá en la fuerza del potencial inherente. Pero para ello necesitamos otro modelo de sociedad basado seriamente en la defensa de los derechos humanos y rechazando este falso sistema que no nos protege a todos por igual. Las revoluciones violentas nos alejan de nuestros verdaderos anhelos. Lo que nos falta es ser cada vez más personas que defendamos la injusticia que le llega al otro porque mañana puede tocarte a ti. Necesitamos entender de una vez por todas que el mal que le llega al otro también repercute en mí. Tenemos que sentirnos vivos y no muertos en vida, porque quien no ama nada ni a nadie ya lo ha perdido todo.

¿Cómo entonces comenzar este regreso que todo el mundo tarde o temprano tiene que hacer sin morir en el intento? ¿Cómo nadar contra corriente sin esfuerzo? ¿Cómo silenciar el mal pensamiento que siempre nos habla bajo un montón de interminables formas y que nos dice que esta lucha es imposible y utópica? ¿Cómo poner fin cuando la vida misma es una lucha encarnizada para vivir y tener un lugar en este mundo que ya parece perdido para siempre? ¿Tal vez entendiendo que no necesitamos ningún ejército o cualquier otro engaño porque nuestro poder es inmenso cuando nos acercamos al conocimiento de lo que realmente somos?

¿De qué naturaleza está hecha esta fuerza que puede vencerlo todo si dejamos que fluya y exista? ¿Es una energía propia?, ¿Es nuestra propia capacidad de resiliencia?

No importa cómo lo llamemos. Solo tenemos que tomar conciencia de que existe en cada uno de nosotros y avanzar para reconocerla e iniciar el proceso revolucionario que nos traerá a casa. Entonces el retorno llenará para siempre el vacío existencial del no ser, porque finalmente podremos ser lo que éramos y somos.

«Sé lo que siempre has sido”

Carl Gustav JUNG

 

“LA MALICIA DEL ESPIRITU”

Tu pensamiento ya no es mi Pensamiento

Como cuando estábamos unidos,

Dice el Señor de inteligencia.

Juzgas y condenas,

Más mi Pensamiento es universal

Y has hecho tu bien particular

De la fuente de mi conocimiento

Que te había dado en préstamo.

 

Mi juicio no es tu juicio,

Dice el Señor de Justicia!

Ai!, la malicia ha prostituido tu vida,

También tus palabras y tus actos

Ya no son sino obras de muerte,

Y te estancas en las tinieblas,

Sin saber que juzgando al prójimo

Te condenas a ti mismo.

 

CARLOS DEL TILO del libro «PALABRAS DEL EXILIO». Arola Editors. Edición bilingüe

Artículo de Elisenda Navinés, abril 2021

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