Traer un hijo al mundo

Psychologue Clinicienne / Psychotérapeute à Estavar

Traer un hijo al mundo

Artículo de Elisenda Navinés publicado en le journal El Bourricot enero 2020.

Traer un hijo al mundo y convertirse en madre es un proceso revolucionario tanto a nivel psíquico como físico y comienza desde el momento en que la madre tiene la certeza de que se ha quedado embarazada. Comienza todo un proceso mental en el que experiencias habidas en la infancia, como la memoria que guardamos de nuestra madre o del cuidador principal, que emergen de nuevo. Ello da lugar a toda una serie de representaciones mentales relacionadas con proximidad del impacto psicológico que genera la próxima maternidad, especialmente si es el primer embarazo.

Este impacto se traduce en una escucha profunda al propio cuerpo y a pensamientos acerca del ser que se está formando. ¿Cómo va a ser? ¿A quién se va a parecer? ¿nacerá sano? ¿Lo haré bien? etc. Este potencial imaginario crecerá gradualmente a medida que el embarazo progrese y la futura madre se mentaliza en frente a esta   realidad.

Con el embarazo se genera toda una constelación materna, que los psicólogos llaman «Diada madre-bebé», que determinará en gran medida su futura relación y posterior cuidado del bebé. El psicólogo W. Stern vio la constelación materna como la condición necesaria para poder reorganizar la vida psíquica y cambiar las representaciones de sí mismo como persona, mujer, hija y madre.  Un profundo trabajo psíquico que madura durante todo el embarazo y en los meses siguientes.

Se establece, por tanto, desde el principio y durante todo el tiempo de gestación, un vínculo comunicativo y afectivo que se adapta y que debe acompañarse de serenidad, confianza e ilusión, y es por eso por lo que no puede faltar la implicación y la participación emocional de la pareja y la familia. Yo diría que esta constelación materna que se proyecta en el nuevo ser también genera una constelación familiar respecto de lo que implica la llegada de un nuevo ser que añade una nueva generación en la cadena transgeneracional, si nos encontramos con una familia que quiere participar y disfrutar de este impactante evento.

Para la futura madre, el embarazo se experimenta como un proceso singular donde se da cuenta de que otro cuerpo vive dentro de su propio cuerpo, y donde este cuerpo se vuelve fuertemente escuchado a nivel sensorial. La mujer embarazada recompone en su imaginación como debería ser su propia gestación en el vientre de la madre que la engendró para así favorecer este vínculo incipiente. Establece una interpretación que continuará también con el parto, cuando el bebé sea visto y escuchado desde la visualización de cómo se expresa con todo su cuerpo. Es el inicio de una relación que permitirá interpretar con más finura cuando el bebe se exprese, cuando llore, cuando esté tranquilo, etc… y donde  poder verificar hasta qué punto el bebé se percibe de una manera simbiótica, porque no se puede disociar de su madre, porque simplemente, es una prolongación de la misma.

Por lo tanto, es necesario proporcionar a la futura madre un apoyo adecuado para que pueda iniciar este proceso facilitándole que pueda iniciar un «vínculo suficientemente bueno» con el bebé, para que más tarde pueda establecer con su hijo un vínculo seguro, porque es en estos primeros actos de relación con el cuidador que se constituyen los estados afectivos que al mismo tiempo darán forma a su psique.

También se reactiva la etapa Edípica por el hecho de que un tercero que encuentra su lugar entre un padre y una madre existentes previamente. La implicación del padre durante todo el proceso es de gran importancia para que no se sienta excluido de esta relación simbiótica entre madre e hijo. La participación del padre compartiendo los movimientos fetales y hablándole desde fuera de su fuero interno permitirá que el niño reconozca su voz también cuando ya está presente en el mundo.

En la actualidad ha cambiado bastante la forma de entender la maternidad antes era en su totalidad competencia casi exclusiva de la mujer porque no se conocían los beneficios de lo que significa que el padre también participe en el cuidado del niño durante todo el proceso. Es importante involucrarse tanto en el proceso de gestación, como en el parto y en los posteriores cuidados que todo bebe necesita. Esta colaboración le aportará a la madre apoyo y confianza para vivir con armonía y tranquilidad un período donde una nueva aventura nunca vivida vivirá entre dos se presenta, por lo que antes empiece esta vivencia a tres, ¡¡mejor que mejor!!

Compartir los cuidados infantiles no puede que mejorar los lazos afectivos hacia el futuro bebe, porque permitirá que ambos se esfuerzan por leer y entender el estado emocional a través del cual el bebé trata de comunicarse con empatía. Es necesario aprender a dar apoyo al niño respecto de sus emociones cada vez que nos necesita, cuando está inquieto o cuando simplemente quiere interactuar en busca de una respuesta mímica. Saber contener la frustración y promover la estimulación sin sobrecargar la interacción también se aprende in situ estando atento y participativo. Todo ello, sin duda, acompañado de mucho amor, caricias y expresiones que confirmen que entendemos su estado emocional, siempre respondiendo a signos de malestar con la finalidad de poder identificar la causa.

Es todo este componente de afecto y atención lo que permite al bebé identificar las acciones iniciadas con la respuesta que darán los cuidadores. Si no somos receptivos, no daremos lugar a que esta interacción afectiva tan necesaria de desarrolle, y no se establecerá un vínculo positivo que aporte confianza y seguridad al otro y facilitaremos que en el futuro este bebé no adecuadamente atendido, su relación con el otro, presente conflicto.

La importancia de ofrecer al bebe, gestos miméticos empáticos que acompañen la comunicación afectiva, ayudará en el reconocimiento de las expresiones emocionales reaccionando de inmediato para que sean comprendidos, actuaran como referentes para poder adaptar su comportamiento. Se traducen como signos de seguridad o peligro. Lo importante es que, con nuestro gesto empático, el niño aprende a regular sus propias emociones para que sus respuestas puedan ser correctamente interpretadas, así como el poder tener una experiencia positiva de sí mismo. Sabiendo esto, no es difícil de entender como esto también puede ayudarle en su camino hacia la auto autonomía cuando este proceso simbiótico requiere del proceso de separación que permite poder ser consciente de un «yo» que nos distingue de un «otro».

 

«No podemos considerar al recién nacido como una tabula rasa, consideramos la posibilidad de que las experiencias emocionales, la representación simbólica del pensamiento onírico y su impacto en la estructura de la personalidad comiencen en el útero»

  1. Meltzer. «Nacimiento de la vida psíquica».

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