Los niños también se estresan y se deprimen

Psychologue Clinicienne / Psychotérapeute à Estavar

Los niños también se estresan y se deprimen

Artículo de Elisenda Navinés publicado en le journal El Bourricot, marzo 2019.

Anna tiene 9 años y es prisionera de un hecho traumático. Tiene la mirada triste y terrores nocturnos relacionados con malos tratos entre ambos padres antes y durante la separación. Hija única, convive con ambos y vive con ellos en custodia compartida. No parece de momento que el trauma emocional que presenta interfiera en exceso en su progreso escolar y busca jugar con sus amigos. Fantasea con su perrita que murió poco después de la separación de sus padres.  Los nombres y algunos detalles no son los mismos para preservar su identidad.

Anna habla con fluidez y confianza de lo que le sucede, comunicando durante toda su intervención la sensación de no poder ser ya la niña inocente y alegre que era, ni la posibilidad de ver a sus padres separadamente de los acontecimientos que vivió. Lo cuenta así:

“Me siento muy triste por las peleas entre mis padres y también porque poco después de que se separaran, murió mi perra “Linda”. Ahora tengo un gato que mi abuela me trajo, pero que no me protege como lo hacía Linda, ya que ella estuvo conmigo desde que nací y siempre me consolaba cuando lloraba porque mis padres se peleaban, siempre venia y me lamia las lágrimas. Tengo pesadillas que me despiertan y por esto me cuesta dormirme y tengo miedos que son tan terribles que no puedo explicar. Sueño con monstruos que matan a mis padres y también quieren matarme a mi

Sus dibujos hablan de lo mismo, grandes monstruos que parecen dinosaurios, con pequeños brazos y grandes dientes, entre medio de cabezas humanas flotantes desfiguradas con ojos golpeados con sangre y también brazos y piernas humanas separados del cuerpo.

A la pregunta de si alguna vez ha querido dañarse refleja extrañeza en su rostro de que se le pregunte algo así, y dice lo siguiente:

“Algunas veces pienso en morirme porque a veces me veo con Linda y un ángel. Así los vería desde el cielo, Además, tampoco tengo buenos recuerdos de mis padres de antes, siempre se insultaban y se gritaban, también se empujaban.

A continuación, describe el episodio seguramente más traumático vivido “Estaban peleándose y mama dijo “no te atreverás en su presencia”, y se cerraron las luces y se pegaron a oscuras. Cuando pude llegar a abrir la luz, aunque lloraba seguían pegándose, hasta que pude gritar y entonces pararon”

Pienso en la relación existente entre esta experiencia y los sueños terroríficos que presenta y presiento lo que podía estar sintiendo Anna al oír los golpes y gritos en la oscuridad ese día.

Sus dibujos y pesadillas nocturnas que tiene recurrentemente, responden con claridad  al trauma experimentado en la realidad y en el que Anna se enfrenta  al horror  que no puede explicar y  que tiene que ver con la experiencia de que quienes tienen la función de contener y proteger no solo dejan de hacerlo sino que la abandonan a una experiencia brutal de violencia en la oscuridad, como si el no ver impidiera el entender, cuando en realidad el oír y el no ver intensificaron enormemente el terror vivido.

A esta triste situación, se añade la pérdida de su perro como objeto transicional y que reemplazaba las funciones parentales perdidas, por lo que Anna debe hacer frente a un triple duelo.

Afortunadamente, es una niña que dispone de altos recursos yoicos y una estructura de personalidad muy sana que le permiten aun en la situación en la que se encuentra, recurrir a la fantasía para poder sanar su alma. C.G. Jung llama a la fantasía “la madre de todas las posibilidades”.

La niñez es sobre todo el tiempo de la fantasía. A esta actividad autónoma y primaria Jung la concibe como una forma de juego hacia adentro. Y en todas las formas, de igual importancia para el desarrollo psíquico que el juego hacia fuera. Es sumamente importante, ya que tiende un puente natural entre los procesos conscientes y los inconscientes, entre el mundo interno y el mundo externo.  Por ello fantasea con que Linda está con un ángel y esta fantasía la contiene y sostiene, pero con el peligro en su caso de que continúe persistiendo la idea de que para estar de nuevo con Linda tendría que morirse.

Este es un caso clínico como tantos otros en donde los niños son víctimas de la violencia conyugal por parte de sus padres al ser testigos de algún hecho impactante y traumatizante.

Hoy en día persiste la creencia de que los niños no se enteran de lo que realmente sucede o que no pueden llegar a desarrollar un síndrome depresivo. Nada más lejos de la realidad. Un niño puede incluso dañarse hasta el punto de quitarse la vida si llegase el momento que no viera salida a su angustia y dolor.

Boris Cyrulnik, en su libro “Cuando un niño se da” muerte”” nos dice lo siguiente:

Son escasos los suicidios logrados. Pero, por otro lado, ¡los niños consideran cada vez con mayor frecuencia la posibilidad de suicidarse! Antes de la edad de 13 años, un 16% de los niños piensan que la muerte podría ser una solución a sus problemas familiares, escolares o con los amigos. En Quebec, país rico y bien organizado, el 40% de los adolescentes entre 15 y 19 años sufren un nivel de angustia tan importante que llegan a concebir la idea del suicidio. Cuando el fracaso económico y familiar destruye el entorno del niño, la tasa de ideación suicida aumenta rápidamente. La idea de darse muerte no es infrecuente en los niños, pero la realización del suicidio es bastante difícil, sobre todo en las niñas. ¿Impericia? ¿Impulsividad que impide la planificación del gesto? En los adolescentes, se podría advertir una gradación en la aproximación a la muerte: primero, en un momento de tensión agresiva o de angustia extrema, la idea de la muerte aparece como un relámpago. Luego, un 16% de quienes lo han pensado una vez vuelven a pensar en ello regularmente, planifican y organizan el acontecimiento, acumulan medicamentos, localizan puentes y lugares peligrosos. En los niños no encontramos esta progresión. Juegan, se ríen, responden amablemente y luego saltan por la ventana. Para darse muerte, un niño busca a su alrededor los útiles que pueden facilitárselo: hacerse atropellar por un automóvil, arrojarse al torbellino de un torrente que le fascina. Muchos suicidios de niños quedan enmascarados por comportamientos cotidianos que los llevan a la muerte. El accidente no es accidental cuando una conducta lo hace probable. Prisionero de una preocupación, el niño manifiesta trastornos cognitivos. Esta tan absorto en su mundo interior que no consigue tratar las informaciones externas. A veces habla con un adulto, le dice que se encuentra mal, que le duele la barriga o la cabeza. El adulto lo tranquiliza y lo calma con una palmadita afectuosa. El niño piensa que ese señor es muy amable y se va con su problema en el fondo del alma. El adulto, por su parte, se tranquiliza con la denegación de que ese niño haya pensado en la muerte. ¡A esa edad es imposible!

El suicidio es un problema de salud pública. Desde todas las instituciones los profesionales de salud y los educadores tenemos la obligación de prevenir y cuidar de nuestros menores. Detectar la tristeza como causa del acoso y la burla de la parte de otros compañeros, hacer un seguimiento del estado del niño frente a la separación de sus padres, vigilar su estado anímico ante la enfermedad o muerte de alguien importante de la familia, fomentar la integración cuando un alumno forma parte de una familia inmigrante, constatar heridas o golpes y forzar una supervisión si no pueden explicar como ha sucedido…..son de obligada atención de nuestra parte.

Un cambio repentino de conducta que conlleve tristeza, agresividad, irritabilidad, desobediencia, decaimiento, somnolencia…….cualquier cambio de comportamiento no apreciado anteriormente pueden hablarnos de un sufrimiento psíquico importante que tendría que valorarse multidisciplinariamente con la familia y si es necesario con todo el personal docente y médico.

Antes de juzgar preguntar y acompañar. Ser sensibles al dolor ajeno ha de ser inherente a la educación y la prevención. Hoy en día el afecto y los vínculos en muchas familias brilla por su ausencia y detectarlo es responsabilidad de todos. Solo la constitución de un entorno afectivo sincero y educativo, familiar y extrafamiliar pueden prevenir que nuestros niños y jóvenes pierdan toda esperanza.

¿Queremos que nuestros niños y jóvenes defiendan una sociedad libre que simpatice con los valores y derechos humanos? Que sea prioritaria ante toda norma o ley nuestra comprensión, solidaridad y empatía siempre hacia los más débiles y necesitados.

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