Hacia una sociedad vacía

Psychologue Clinicienne / Psychotérapeute à Estavar

Hacia una sociedad vacía

Artículo de Elisenda Navinés publicado en le journal el Bourricot, marzo del 2017.

Cuando una persona alcanza la edad adulta hay muchos factores que determinan una buena salud mental. En mi opinión, una de las más importantes de todas es la experiencia de cómo hemos sido amados y atendidos por la familia en la que hemos crecido. Si en nuestro proceso evolutivo desde el nacimiento hasta que somos adultos hemos recibido amor y también hemos sido atendidos con respecto y se han atendido nuestras necesidades básicas, por lo general habremos obtenido una buena experiencia para enfrentarnos a la sociedad con habilidades comunicativas, colaboración, empatía y respeto por los demás en cada situación y contexto. Claro que también sabemos de familias en que nada de esto ha fallado y los niños han sufrido algún tipo de desorden mental, pero aquí entraríamos en la necesidad de analizar lo que ha faltado y nos alejaría del tema que nos concierne hoy.

Para saber si tenemos una mente sana debemos preguntarnos si hemos sido capaces en el pasado y en el presente de defender los derechos humanos y sociales que todos merecemos y si somos capaces de amar, dar y recibir con humildad y gratitud, alegrarse de la felicidad de los demás y de dialogar y ser sensibles hacia todas las personas que viven y sufren situaciones de dependencia y exclusión social. Ser capaces de preguntarnos si en las actividades de nuestro día a día hemos sido cuidadosos y respetuosos con nuestro cónyuge, hijos, amigos y colegas, y si no ha sido siempre así, porque somos seres humanos y a menudo no siempre acertamos, de tener la capacidad de pedir perdón o de perdonar si hemos sido nosotros los agravados.

A continuación, podemos hacernos la siguiente pregunta: ¿la sociedad que tenemos nos ayuda a hacer este trabajo introspectivo?

La respuesta es NO desde mi punto de vista personal. El narcisismo surge cuando desaparece la confianza en el otro y cuando este otro sólo nos interesa para sacar algún provecho.  Esta tendencia conductual instrumental asociada a creerse mejor que los demás, genera una fantasía de autosuficiencia que atrae la arrogancia y hace nacer la necesidad de competir, de compararse y de degradar al otro. Nos alejamos del reconocimiento de que dependemos del otro, de que necesitamos afecto y de que tenemos límites y defectos humanos como todos. Y todo esto sucede porque cada vez más tendemos a creer que somos autosuficientes, que si somos débiles no llegaremos muy lejos, que necesitamos ser competitivos y productivos, vivir deprisa y «sin complejos», vivir satisfacciones inmediatas y emociones fuertes, que todo puede realizarse sin el otro.

La respuesta también es NO desde el punto de vista social. La crisis y la precariedad laboral revalorizan este discurso del «ganador»y de liderazgo basado en atributos machistas y de hombre fuerte como único camino. En este contexto de temor al futuro, la situación se agrava por el terrorismo y crece la demanda de un liderazgo fuerte, que puede conducir al racismo, la xenofobia y la violencia. La memoria histórica basada en los valores humanistas y democráticos pierde peso y se levantan muros frente a los que huyen de las guerras.

 Y así es como las enfermedades mentales aumentan considerablemente y el amor, la compasión y la empatía cada vez tienen menos lugar en nuestra soledad, porque cuantos menos lazos afectivos personales y sociales desarrollemos, menos duelos y dolor tendremos que sufrir, pero no nos damos cuenta de que si anestesiamos el sufrimiento, las emociones y los sentimientos también nos alejamos de la vida misma.

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