En verano la naturaleza nos sonrie

Psychologue Clinicienne / Psychotérapeute à Estavar

En verano la naturaleza nos sonrie

Artículo de Elisenda Navinés publicado en le journal le Bourricot,junio del 2018.

Conectar con la naturaleza en verano, a menudo nos lleva a rememorar recuerdos inolvidables de nuestra infancia, porque la naturaleza es el primer libro de conocimiento que habla por sí mismo.

Ya de pequeños asociamos las vacaciones de verano a poder vivir lejos de la rutina de los horarios escolares, y una vez que ya somos adultos, si es que tenemos la suerte de poder tener unos días, gozamos del descanso y del tiempo libre tan deseado.

El buen tiempo y el calor nos invitan al contacto con el agua y los paseos cuando este afloja y que mejor que un entorno natural como la Cerdaña para poder sentirse vivo y comunicativo. ¿Vives en la Cerdaña? ¡¡¡Que suerte!!! Dicen los que viven en ciudad. Pero tanto si vivimos siempre aquí como si no, la naturaleza siempre nos invita a todos a ser una parte más, a admirarla y a dejarnos seducir por su encanto y su belleza de que conectamos con ella.

Esta capacidad de poder siempre revivir con su contacto será más fuerte y plena si de pequeños un adulto o varios nos han acompañado a descubrirla. Y si durante un largo periodo no hemos podido estar en contacto con ella, cuando por fin podamos, rememoraremos con más fuerza, sensaciones, sentimientos y emociones que pensábamos haber olvidado. La habilidad de encantarse o de dejarnos sorprender por su belleza es proporcional al gozo que habremos experimentado cuando éramos pequeños en presencia de un otro. De un otro que estaba presente para reconocer lo que sentíamos.

Así es como recordamos y queremos volver otra vez con los nuestros para hacer excursiones por la montaña, acompañar al abuelo a buscar agua en la fuente, ir a buscar caracoles después de la lluvia, ir a pescar al rio con los amigos, bañarse bajo la luz de la luna llena, levantarse temprano para ver salir el sol….Actividades que nos aproximan a lo que somos y que nos ayudan a encontrar lo que realmente tiene sentido y que merece ser vivido en esta vida.

En función de como habremos sido acompañados y queridos en este descubrimiento del mundo sabremos transmitir a nuestros pequeños la confianza y seguridad que precisan para seguir apreciando la vida y seguir avanzando.

Si tenemos hijos o niños a nuestro cargo en verano, no olvidemos participar de la magia de su mundo, porqué la capacidad innata de sorpresa, curiosidad e intuición crecen y se desarrollan mejor si estamos atentos y presentes. Observar la naturaleza aporta al niño poder desarrollar su capacidad de comprensión y de participación y es de nuestra responsabilidad poder acompañarlos desde la escucha y la empatía.

Durante las vacaciones, tenemos que permitir gozar del tiempo de otra manera, lejos del consumo por el consumo y alejarnos también de las distracciones que nos sobre estimulan y que lo único que nos garantizan es divertirse artificialmente en tanto que no da a lugar ni a la imaginación ni a la creación. Sin magia la creatividad propia desaparece o queda en nada. La televisión, la consola, el móvil… pasan a formar parte cada vez más de nuestras vidas hasta el punto de no saber qué hacer sin estos aparatos.

Tanto de niños como de adultos, necesitamos poder gozar espontáneamente de lo que sentimos dentro y no de fuera. No dejemos que la industria cultural y el ocio nos programen este tiempo tan precioso. Estamos tan sobre estimulados con tanta información y pantallas virtuales que no sabemos decir basta y parar el tiempo. Los sentidos una vez ya están saturados no nos permiten dejar salir el deseo porqué este queda ahogado antes de salir. Son la creatividad, el juego y la comunicación con el otro presente que lo invitan a salir.

Aprovechemos el verano para salir de los muros y de las realidades virtuales y ficticias. Las máquinas y los ordenadores no son seres vivos, todos lo sabemos, niños y adultos, pero si pueden conducirnos a vivir realidades donde los sentimientos y emociones pertenecen más a lo imaginario que a la propia realidad.

Escuchar la naturaleza es buena consejera porqué permite entrar en otro ritmo de tiempo y espacio mediante sus silencios y murmullos al mismo tiempo que nos despierta la consciencia de que o quien somos. Aprender de ella nos despierta el deseo de respetarla y de conservarla para que pueda continuar alimentando y maravillando nuestra prole.

Aprovechemos del verano para poder compensar a nuestros niños de la falta de contacto con la naturaleza en las escuelas.

Lidia Hervàs en su artículo “aprende de la naturaleza. La experiencia de las escuelas bosque en España” (Vilaweb 30/01/2015) nos describe el funcionamiento de una de estas escuelas “Itaca international Shool”, situada en Altea y adscrita a la Federación Alemana Internacional de Jardines de la infancia en el bosque”.

En estas instituciones, la escuela es el propio bosque. Este tipo de escuela nace en los años 50 de la mano de Ella Flatau en Dinamarca. En España hay muy pocas escuelas del bosque, pero en Alemania ya tienen más de 700 y en países como Austria, Suecia, Dinamarca o los EEUU se están popularizando mucho.

“En una Clariana del bosque hay un grupo de niños y niñas. Están en círculo, cogidos de la mano. Cuando llegan, empiezan a cantar una canción, dan las gracias a la tierra por todo lo que desayunaran. Se sientan y prueban con serenidad lo que han traído para compartir. Después de desayunar, los niños se han distribuido de manera natural en diferentes grupos, y se mueven ágiles por el pinar. Uno de los grupos ha decidido hacer una cabaña, transportan ramas secas que han encontrado por el suelo, hacen paredes y decoran las habitaciones interiores con hojas y cordeles. Otros, con piedras, cordeles y ramas se fabrican hachas indias. Una de las niñas más pequeñas ha cocinado un suculento plato con hojas secas y nos invita a disfrutarlo. Parece que también ha construido una cuna para su bebé.

Hay mucha energía. Pero también hay momentos de silencio, en que los pequeños están concentrados, cada uno con su actividad.

En solo dos horas, han diseñado y planificado las tareas, han transportado y han afilado materiales, han hecho nudos, han contado, han cooperado en la construcción, han acordado quien podría entrar y quien vigilaría… Han hecho un juego simbólico, aprendiendo y preparándose para el futuro. Las dos educadoras se mantienen atentas a sus necesidades, pero no dirigen el juego. Antes de irse a la “base», los niños se reúnen en un pequeño espacio interior rodeado de campos. Uno de ellos ha tenido la idea de hacerle un regalo al bosque y seguidamente él y otros más entierran piedrecitas mientras hacen un pequeño ritual. Han pedido permiso a la montaña para jugar con los materiales y ahora se aseguran de que todo quede limpio y sin impacto alguno de su comparecencia”

Existen estudios científicos que asocian el tiempo en la naturaleza con una mejoría de la atención, por ello aprender mediante la naturaleza ayuda al desarrollo de habilidades motoras de coordinación y de razonamiento, así como también una mejor gestión del estrés ante situaciones adversas y de paso enferman menos.

Este pequeño relato de cómo podría ser un día en este tipo de escuelas nos puede dar una idea de cómo pasar las vacaciones si incorporamos esta escucha y acompañamiento. Y tanto si tenemos hijos como si no. ¿Por qué no volver por unos días al reencuentro de poder revivir mediante nuestros sentidos como cuando éramos pequeños? Como si experimentásemos de nuevo los pies sin zapatos, los cabellos al viento, el calorcito de los primeros rayos de sol en el cuerpo, el canto de los pájaros, el descubrimiento de nuevos lugares…

Nuestros niños de hoy día y gracias a la sociedad que han heredado de nosotros, están acostumbrados a tenerlo todo incluso antes de desearlo. La naturaleza (que aun aguanta el efecto devastador del hombre), también les enseña el arte de la paciencia y los aleja de la inmediatez, del “lo quiero ahora”. El círculo vital de la naturaleza nos enseña que los frutos no maduran de golpe y que la luna ya no vuelve a estar llena a la mañana siguiente. Y con este aprendizaje respecto del tiempo y del esfuerzo, cuando llega lo deseado se disfruta de otra manera, más y mejor, sin exigir otra vivencia de más a más.

Aprovechemos las vacaciones de verano para alimentar el espíritu y amar más. Para dar a nuestros niños toda nuestra atención y estima que tanto necesitan y así poder seguir la cadena de volver a dar seguridad y confianza en el otro. Para dejar atrás obstáculos y miedos. Para volver a conectar con la inspiración y la intuición. Para salir por fin de este mundo enloquecido que nos rodea.

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